Volver al colegio suponía para mí, al igual que para muchos otros niños como yo, un suplicio y un guilty pleasure al mismo tiempo. Los veranos eran largas semanas, elásticas, que parecían no acabar nunca. Veraneábamos en un pequeño pueblo costero de Cádiz donde no había absolutamente nada que hacer. Sin embargo, allí podía refugiarme en la soledad de la playa semidesierta que había junto a nuestra casa, una playa que distaba mucho de ser paradisíaca. Quizás por eso no estaba tan masificada como las playas de los alrededores, siempre plagadas de turistas ruidosos y familias con tuppers llenos de tortilla y filetes empanaos.
En nuestra playa las mareas eran extremas. Cuando el mar subía teníamos que refugiarnos en las dunas que coronaban la costa, junto a los eucaliptos y los pinos, a fin de estar a salvo de las gigantescas olas que nos robaban las chanclas y los cubos de plástico al menor descuido. Sin embargo, cuando el mar retrocedía lo hacía de forma igualmente radical: el agua replegaba cientos de metros, dejando al descubierto las piedras que tapizan el fondo del mar. Lo más divertido era caminar sobre esas rocas resbaladizas, cubiertas de algas y seres de otro mundo, para cazar cangrejos y estrellas de mar. Era raro no cortarse con algún pedrusco especialmente afilado. Cuando eso sucedía, el pánico se apoderaba de nosotros: los viejos del pueblo decían que si los marrajos olían la sangre acudirían en masa a devorarnos. Luego esos mismos viejos comían cangrejos y camarones crudos y se reían con sus bocas desdentadas.
Los veranos eran largos, tediosos y aburridos. Una procesión de horas clónicas que se sucedían con una lentitud exasperante. Cuando eres pequeño, la magnitud del tiempo es tal que llega a asustarte. En mi cabeza luchaban dos fuerzas poderosas: el deseo de ver terminar el verano y asociar directamente su fin con la llegada de la Navidad y, por el lado contrario, la ansiedad que me producía volver al colegio en septiembre. No era mal estudiante. Estudiaba poco o nada, pero tenía mucha memoria y gran capacidad de comprensión (salvo para las matemáticas). Mis padres por lo general no se quejaban de mis notas y no me molestaban demasiado. Lo peor era enfrentarme a mis compañeros de clase. Me odiaban, y además lo hacían con una virulencia que sólo es posible en los niños.
No sufrí nunca agresiones físicas, pero sí verbales y psicológicas. Los profesores, por otra parte, miraban hacia otro lado e incluso participaban en aquella exclusión. Al final siempre terminaba haciendo solo los trabajos en grupo, o refugiándome en el eco de la biblioteca durante los recreos. Era tremendamente infeliz. Durante los meses que duraba el colegio me convertía en una especie de robot: no hablaba, no salía, no hacía nada. Pasaba las horas muertas en casa, leyendo cualquier cosa que cayese en mis manos; o en la biblioteca municipal, donde una bibliotecaria simpática y comprensiva me llevaba por lugares que estaban vetados al público general.
¿Por qué, entonces, deseaba tanto el fin del verano? Por la sencilla razón de que pasar los tres meses estivales con la tranquilidad y la seguridad de sentirme a salvo no era más que un espejismo. Al final todo aquello terminaba tocando a su fin y la violenta sacudida de la realidad me golpeaba cuando menos lo esperaba. La calma de la playa a finales de agosto, los helados de nieve, el cobijo del sol bajo la sombra de los pinares, todo aquello era una fantasía. Y cuanto más durase la fantasía, más esfuerzo me costaría volver al mundo real, un mundo que para mí nunca fue fácil ni bonito.
A día de hoy, cuando llega septiembre, todavía siento la misma congoja, la misma terrible inseguridad y los mismos nervios que cuando tenía diez años. Para mí, el olor de los libros nuevos siempre vino asociado con el hedor del miedo.
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