Desde muy pequeño me he sentido identificado con lo maligno. Cada tarde, a la hora de la merienda, me sentaba junto a mi madre a ver telenovelas, mientras yo tomaba un vaso de leche con galletas y ella tejía patucos para el hijo de alguna conocida. En aquellos seriales exageradísimos y estereotipados la antagonista era casi tan importante como la protagonista. Mientras que la segunda solía ser una chica humilde, de clase trabajadora y corazón de oro, la primera era una imponente mujer rica, celosa y tan perversa que podría haber hecho enrojecer al mismísimo Voldemort.
El destino de estas mujeres estaba claro desde el principio: todas terminaban locas, encarceladas y ocasionalmente muertas. Pero matarlas no bastaba para satisfacer los deseos de la audiencia. El espectador medio quería verlas sufrir como ellas habían hecho con las desdichadas protagonistas. En el último capítulo, mientras la joven casta y el galán finalmente se casaban, la mala de la serie solía despeñarse por un acantilado y terminaba en estado vegetativo, en una última y horripilante escena en la que mientras ella babeaba sin control, dos repulsivas enfermeras se reían de su incapacidad vitalicia para contener sus propios esfínteres (los esfínteres de la villana, se entiende). En esos momentos mi madre murmuraba "Te lo mereces, por mala bicha" y para ella la telenovela de seis meses de duración había tenido un final feliz. Pero a mí aquellas mujeres humilladas, vencidas y desequilibradas me despertaban una ternura que las protagonistas, por muy buenas y muy pazguatas que fueran, no conseguían avivar. Al fin y al cabo, ¿no eran aquellas criaturas víctimas de su propia pasión, del devenir truncado de sus deseos más profundos? Lo que las llevaba a ser malvadas no era sino un ardiente anhelo de ser comprendidas y amadas porque en el fondo, tras ésas máscaras de odio y rencor, se escondía un inmenso afán de vivir como las buenas personas.
Aunque comprendía a la perfección que su comportamiento distaba mucho de ser correcto o moral, podía llegar a ponerme en su piel y sentir el mismo odio que ellas hacia la dulce joven que lograba la herencia y al hombre amado. Sentía que tenían derecho a ser mezquinas, que la vida las había curtido a través de un camino de sufrimiento y angustia y que la culpa de todo ese odio la tenían precisamente sus propias víctimas. Porque no nos engañemos, la cuestión se resume en que todas esas falsas paralíticas, esas madrastas astutas, esas prometidas infieles habían sido siempre unas perdedoras, juguetes rotos de una vida que pretendió ser feliz y nunca pudo, almas encendidas que terminaron apagándose ante el soplido glacial de las decepciones amorosas. Personas que, en definitiva, simplemente lucharon por conseguir lo que deseaban, aun sabiendo que nunca lo conseguirían.
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