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martes, 23 de agosto de 2011

Querida, no puedo creer lo grosera que eres

Trabajo en una tienda de ropa. En una gran cadena de tiendas de ropa, para ser más precisos. Medio planeta viste la ropa que vendemos y el otro medio la fabrica. Llevo dos años en la empresa y durante ese tiempo he podido ver infinidad de cosas. Se aprende mucho de las personas si uno se para a observarlas. Una de las cosas que más me desagradó comprobar es lo tremendamente maleducada que es la gente, y cuando digo gente englobo a todo tipo de personas, independientemente de su edad, procedencia o clase social.

Una de las muchas desventajas de trabajar cara al público es que te debes a él. Cual artista folclórica, tienes que intentar que el cliente quede satisfecho y quiera repetir en una futura ocasión. Tenemos que ser la primera elección que acuda a su mente cuando piense que necesita comprar ropa. Y para ello una de las primeras consignas que nos graban a fuego en el cerebro es que hay que sonreír como si te hubiesen grapado los pómulos. Sonreír continuamente. Estás cobrando en la caja y se acerca alguien que quiere pagar algo, saludas con una gran sonrisa repleta de dientes brillantes y exclamas un "¡Hola!", como si te acabases de encontrar por sorpresa con tu mejor amigo.

¿Y qué recibes? En el mejor de los casos, un "Hola" desganado. Eso teniendo en cuenta que el cliente en cuestión no lleve los auriculares puestos. O esté hablando por su teléfono móvil o mandando mensajes por Whatsapp. Entonces la sonrisa radiante se desinfla como un flotador pinchado y se te queda una cara de hastío que como te vea el responsable de manda a ordenar todas las bragas del almacén por número de producto y orden alfabético. Pero tú sabes que esa cara de asco que has puesto está totalmente justificada. Es más, en otra circunstancia le arrancarías el móvil/mp3 y le gritarías "¡NO SOY UNA MÁQUINA EXPENDEDORA, HIJA DE LA GRAN PVTA!".

Pero, eh, tienes clase. Y savoir faire. Si estás picajoso le vuelves a decir hola y hasta que no te conteste no le cobras. Si no, le cobras deprisa y deseas con todas tus fuerzas que al salir de la tienda se resbale y se caiga de morros contra un mojón de perro fresco. Pero sigues sonriendo como un ama de casa de los años veinte, todo dulzura, porque sabes que el cliente siempre tiene la razón, aunque casi nunca lo pueda demostrar. Al menos queda claro quién de los dos conserva algo de esa educación que nuestros padres aprendieron a correazos. Y es que a veces no hay nada más gentil que saber usar correctamente los cuatro pilares de las buenas maneras: hola, por favor, gracias y adiós.

10 consejos para visitar Barcelona y no morir en el intento

Lo reconozco. Mi relación con Barcelona no ha sido nunca lo que se dice idílica, pero aquí sigo. Llegué a la ciudad condal hace tres años por un amor y por otro amor sigo actualmente. No sé cuáles han sido los factores que han hecho que lo mío con esta ciudad no termine de cuajar, pero supongo que el sentirse lejos de casa es uno de ellos. Y es que yo soy muy hogareño y al fin y al cabo a mí lo que me gusta es estar con mi gente.


No obstante, no se puede negar que Barcelona es una ciudad impresionante. Es como el colmo de la modernidad: los barcelonenses lo saben y les encanta ser "lo más parecido a Europa que tenemos en España". No les falta razón, en parte: si hay un evento interesante, del tipo que sea, ten por seguro que va a celebrarse aquí. Barcelona cuenta con una amplísima oferta cultural y un extenso catálogo de formas de ocio que ya quisieran para sí otras ciudades mayores.

¡Pero ojo! Ésto lo sabemos aquí y lo saben en la China. Y es que éste es precisamente uno de los puntos más negativos de la ciudad: al igual que Londres hace unos años, Barcelona está de moda. Y ya sabemos qué sucede cuando algo se pone de moda, ¿no? Pues que lo explotan hasta la saciedad. La cantidad de turismo que recibe la ciudad cada día es inversamente proporcional a la calidad del mismo, y debido a ello la comodidad de los que vivimos todo el año ha descendido radicalmente.

En fin, voy a dejarme de analizar pros y contras de Barcino: estás aquí porque quieres visitar Barcelona y andas un poco perdido. Hay mucho que ver y mucho que hacer y no sabes por dónde empezar. No te preocupes, si sigues estos sencillos consejos lograrás mejorar sensiblemente la calidad de tu viaje. Allá vamos:
  1. Evita los meses de abril a agosto. En verano y primavera la ciudad se inunda literalmente de hordas de guiris color cangrejo. El turismo que llega en estas fechas está compuesto principalmente por alemanes, franceses e ingleses de entre 16 y 25 años que vienen a liarla. Y la lían. Andar por el centro se hace casi imposible y terminas deseando la muerte a todo aquel que te empuja sin querer en el metro. La mejor época para venir es en otoño. Además, en septiembre son las fiestas de la Mercè y la ciudad se llena de conciertos gratuitos de la talla de Belle & Sebastian u OK GO.
  2. Ten muchísimo cuidado con los ladrones. Admitámoslo, Barcelona está plagada de carteristas, atracadores, timadores y chungos que intentarán dejarte sin blanca. No es raro ver a guiris volviendo de la playa sólo con el bañador porque les han robado hasta las chanclas. Nunca lleves todo el dinero encima ni vayas exhibiendo tu fabulosa cámara de 1200 euros con cara de "¡róbame!".
  3. La Rambla es para los guiris. En serio, créeme, no te perderías nada si no la vieras. No es más que una calle larga con restaurantes donde sirven paella fosilizada y sangría con las que sablar a los guiris a base de precios prohibitivos. Pero seamos realistas, está en el centro y vas a verla sí o sí. Cuidado por la noche con las prostitutas y los vendedores de drogas.
  4. Disfruta del catalán. (Tema controvertido donde los haya, pero haré un resumen muy breve de mi opinión al respecto). En Barcelona el catalán y el castellano conviven sin ningún tipo de problema. No te enfades si ves que un cartel sólo está escrito en catalán: los barcelonenses son gente muy amable que no dudará en explicarte lo que necesites saber. Además, el catalán tiene cantidad de palabras divertidísimas ¿Sabías que llaman MacPollastre al MacPollo? Pues eso, un descojone.
  5. Atrévete a salir del centro. Plaça Catalunya es el corazón de la ciudad y alrededor de ella se vertebran calles importantes como Passeig de Gràcia, Gran Via de Les Corts Catalanes o La Rambla. Pero Barcelona es mucho más que eso. Te recomiendo visitar el barrio del Borne, muy cerca de la playa y repleto de lugares encantadores para tomar algo y sitios emblemáticos que dan lugar a libros infames; y el barrio gay, el Eixample (o como a veces le llaman, el Gaixample).
  6. Evita ciertas zonas. A veces, las grandes ciudades pueden ser peligrosas. El barrio del Raval es pintoresco por su multiculturalidad y por acoger zonas tan molonas como la explanada del Macba, pero también puede ser un sitio poco recomendable a ciertas horas. Mi consejo es que lo visites de día, siempre acompañado y tratando de parecer lo menos turista posible. No olvides visitar The Dog is Hot, probablemente el mejor sitio donde comer perritos calientes de toda la ciudad.
  7. Explora los alrededores. No te quedes sólo con la ciudad de Barcelona. Una de las maravillas del siglo XXI es que tenemos conexiones ferroviarias con multitud de sitios. Los alrededores de la ciudad también tienen mucho encanto, como el monasterio de Montserrat o el bonito pueblo de Sant Pol de Mar.
  8. Barcelona es mucho más que Gaudí. A mí no me gustan ni el Parc Güell ni la Sagrada Familia, pero sé que la mayor parte de la gente que viene a la ciudad lo hace precisamente para verlos. Si es tu caso, te recomiendo documentarte un poco o no entenderás demasiado. No olvides que la ciudad también cuenta con obras del Modernismo de muchos otros artistas y que además posee una gran cantidad de iglesias medievales y ruinas romanas interesantes. 
  9. Alquila una bici y pasea. Es fácil: en la oficina de turismo te informarán cómo hacerlo. La ciudad cuenta con un gran número de carriles-bici y mucha gente usa la bicicleta como medio de transporte. Te permitirá ahorrar en metro y bus. Además, pasear por el Passeig Marítim en otoño es una experiencia muy bonita.
  10. Visita los museos. Desde el MNAC al MACBA, hay opciones para todos los gustos. En la web del ayuntamiento te informan sobre las exposiciones permanentes y temporales que albergan los museos de Barcelona, muchas de ellas interesantísimas. El Caixa Forum suele acoger las más molonas. ¡Y los domingos la entrada a casi todos ellos es gratuita!

    Éstos no son más que unos apuntes que harán que tu estancia en la ciudad sea más agradable. Por supuesto, para gustos hay colores y habrá quien no encuentre nada útiles estos consejos. Al final cada uno decide qué mirar y qué cosas le interesan. Por último, disfruta de tu estancia en la ciudad, no olvides que gracias se dice merci (como en francés) y pásalo en grande.

    lunes, 22 de agosto de 2011

    El origen de la maldad

    Desde muy pequeño me he sentido identificado con lo maligno. Cada tarde, a la hora de la merienda, me sentaba junto a mi madre a ver telenovelas, mientras yo tomaba un vaso de leche con galletas y ella tejía patucos para el hijo de alguna conocida. En aquellos seriales exageradísimos y estereotipados la antagonista era casi tan importante como la protagonista. Mientras que la segunda solía ser una chica humilde, de clase trabajadora y corazón de oro, la primera era una imponente mujer rica, celosa y tan perversa que podría haber hecho enrojecer al mismísimo Voldemort.

    El destino de estas mujeres estaba claro desde el principio: todas terminaban locas, encarceladas y ocasionalmente muertas. Pero matarlas no bastaba para satisfacer los deseos de la audiencia. El espectador medio quería verlas sufrir como ellas habían hecho con las desdichadas protagonistas. En el último capítulo, mientras la joven casta y el galán finalmente se casaban, la mala de la serie solía despeñarse por un acantilado y terminaba en estado vegetativo, en una última y horripilante escena en la que mientras ella babeaba sin control, dos repulsivas enfermeras se reían de su incapacidad vitalicia para contener sus propios esfínteres (los esfínteres de la villana, se entiende). En esos momentos mi madre murmuraba "Te lo mereces, por mala bicha" y para ella la telenovela de seis meses de duración había tenido un final feliz. Pero a mí aquellas mujeres humilladas, vencidas y desequilibradas me despertaban una ternura que las protagonistas, por muy buenas y muy pazguatas que fueran, no conseguían avivar. Al fin y al cabo, ¿no eran aquellas criaturas víctimas de su propia pasión, del devenir truncado de sus deseos más profundos? Lo que las llevaba a ser malvadas no era sino un ardiente anhelo de ser comprendidas y amadas porque en el fondo, tras ésas máscaras de odio y rencor, se escondía un inmenso afán de vivir como las buenas personas.

    Aunque comprendía a la perfección que su comportamiento distaba mucho de ser correcto o moral, podía llegar a ponerme en su piel y sentir el mismo odio que ellas hacia la dulce joven que lograba la herencia y al hombre amado. Sentía que tenían derecho a ser mezquinas, que la vida las había curtido a través de un camino de sufrimiento y angustia y que la culpa de todo ese odio la tenían precisamente sus propias víctimas. Porque no nos engañemos, la cuestión se resume en que todas esas falsas paralíticas, esas madrastas astutas, esas prometidas infieles habían sido siempre unas perdedoras, juguetes rotos de una vida que pretendió ser feliz y nunca pudo, almas encendidas que terminaron apagándose ante el soplido glacial de las decepciones amorosas. Personas que, en definitiva, simplemente lucharon por conseguir lo que deseaban, aun sabiendo que nunca lo conseguirían.